Del Libro "ITINERARIOS CONTRA EL TIEMPO"
URNA 874, SALA QUIMBAYA
Donde no buscaba mi memoria,
ahí estaba:
en el sitio de los muertos,
en tu historia,
en la vasija combada
como vientre
y en la arenosa esponja de tus huesos…
Indio-Madre que habitas
la voz del barro
en la sonora
cantimplora
seca
en donde el agua
fuera
solo un eco,
y era licor el alma.
Mi sed solo quería
la aguja de tu hueso
para guardarla en mis armarios
junto a mi rosa de los vientos,
marcando en el cuadrante
de los tiempos
el día de mi arribo
a la sala del limbo
donde tú esperarías
en silencio.
Mi abuelo indio,
mi madre-tierra.
Qué de huesos cautivos
en urnas centenarias,
contando con los dedos
del carbono
el lento retroceso
de la fugaz partícula
hasta la luz enamorada
de cada
pupila!
!Que de huesos! Cuánto polvo!
!Cuánta cal y cuántos
sueños!
!Qué de batallas y de esfuerzos!
Míralos ahora
expuestos
en vitrinas…
y las gentes que observan,
escudriñando entre sus años…
Son como viento,
sombras que pasan,
vidas,
islas que flotan
a la deriva.
Rostros ciegos que imaginan
solo polvo de arcilla!
Solo polvo de polvo
y ninguna
semilla.
Pero yo los venero.
En la mano
ahuecada de mi mente
intento
resanar su herida.
Este hueso es ancestro;
y sin embargo,
yo no puedo evitarlo:
su materia deshecha
se desmorona ardiendo
como una pavesa
que sube del fuego.
Ni el dedo del futuro
ni la fuente al recuerdo
lograran ya jamás
reconstruir su cal
y recobrar su cuerpo.
Más yo que me buscaba
la memoria en la vida,
la encontré en la semilla
de los muertos:
en la medida clara
de su humana grandeza,
en la rara
dimensión
de mis ancestros.